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Cuando
leí la carta de Yolanda Antuña («Colegios públicos: ¿religión o nada?»)
me sorprendí al ver cómo dio la vuelta a la situación. ¡Lobo con piel de
cordero!
Usted
define a España como Estado laico, desconociendo que la Constitución lo
hace como aconfesional, lo que significa que el Estado no toma partido
por una confesión determinada. Podría incluso aceptar la laicidad del
Estado, pero bien entendida. Últimamente circula una versión deformada
del concepto laicidad. Se confunde laicidad (neutralidad), con laicismo
(beligerancia hacia lo religioso) o con laicismo católico (beligerancia
hacia lo religioso de carácter católico).
Usted
en nombre de la tan cacareada laicidad aboga por condenar al destierro a
los alumnos que libremente optan por la asignatura de Religión católica.
Al escribir, poco a poco va siendo traicionada por su subconsciente.
Define la clase de Religión católica como «hora de oración». Menosprecia
el área, a sus profesionales y, lo que es más grave, a sus alumnos y
familias, instalándose en el prejuicio del ignorante, ya que desconoce
los contenidos de esta área (en su escrito afirma que ni usted ni su
hija cursaron Religión). Y la apoteosis final concluye condenando al
destierro de las extraescolares a los alumnos que mayoritariamente optan
por este área. Todavía hoy más del 70% de los alumnos españoles escoge
Religión católica a pesar de todo el ruido mediático en contra de esta
asignatura. ¡Qué le vamos a hacer! La dictadura de las minorías.
¿Dónde
está ya esa neutralidad? Duerme el sueño de los justos.
Lo que
parece un alegato a favor de una alternativa con contenido para
salvaguardar sus derechos, acaba convirtiéndose en agresión para la
asignatura de Religión y para las familias que optamos por esta
enseñanza. Es decir, los derechos de otros.
Para
que su hija no esté discriminada, discriminemos también a los otros.
Se lo
explicaré con una parábola, que espero que sepa lo que es aunque no haya
cursado Religión. La situación es pareja a un partido de tenis donde un
jugador juega con raqueta y el otro con la mano. El segundo está en
desventaja. Equilibremos la situación dando raqueta al que no la tiene y
no, como usted pretende, quitándosela al otro. En un Estado laico la
opción entre la asignatura de Religión y una alternativa tiene perfecta
cabida, siempre y cuando la segunda tenga contenido. De no ser así la
discriminación se bipolariza y a esta situación hace tiempo que hemos
llegado. No sólo los alumnos de alternativa son discriminados por
asistir a clases vacías de contenido sino también lo son los de
Religión, que tienen una asignatura más.
Usted
sostiene que en la clase de lo que usted llama «no Religión» no se puede
hacer nada, que están los alumnos en un estado de semiabandono. O la
profesora de su hija la informó mal o usted la entendió mal. En
alternativa hay actividades que se pueden desarrollar. Sólo quedan
excluidas las actividades curriculares. Por tanto, son factibles otras
muchas actividades. No se podría repasar la materia de otras asignaturas
(los alumnos que cursasen Religión sufrirían un agravio comparativo
respecto a los de alternativa) pero si trabajar con los ordenadores,
actividades de lectura, educación en valores...
Defienda que la alternativa a la Religión tenga contenido, yo la ayudo.
Soy profesor en un IES y buen conocedor de la situación de la
alternativa los centros asturianos. Desde hace años la alternativa tiene
contenidos propuestos por la Consejería de Educación, a saber: Sociedad,
Cultura y Religión y sin embargo, honrosas son las excepciones en las
que el programa se desarrolla. Las más, los alumnos pierden el tiempo.
Por tanto, contenido hay, ganas de desarrollarlo pocas y de velar por
que se desarrolle menos. Cuando se concrete el real decreto que regule
el área de Religión y su alternativa (si la hubiera) en la LOE,
esperemos que la situación cambie.
Antonio Cabeza González, profesor de Secundaria y miembro de la
Plataforma Asturiana Religión en la Escuela
Pola de Siero
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