Iniciamos un nuevo periplo escolar amenazado por la inercia de un huracán laicista llamado LOE. Se vaticina la entrada en vigor de una ley que se engola por encima de aquellos derechos que en otro tiempo posibilitaron un gran consenso para la vida en democracia de nuestro país. El derecho a los padres a una educación según sus convicciones religiosas y morales se margina flagrantemente al socaire de una ideología laicista y estatalista que se impone unilateralmente.
El derecho a una educación que redunde en una formación integral de los alumnos, se troca por una “mala educación” que penaliza a aquellos que opten por la formación religiosa (pérdida del carácter evaluable, del rango de área curricular, agravio comparativo al dejarla huérfana sin una alternativa digna...). La necesaria cooperación del Estado con las instituciones, parece derivar en el olvido hacia la Iglesia católica. Se insiste una y otra vez en la “alianza de civilizaciones”, y ni siquiera se es capaz de una alianza con el cristianismo católico, tan ineludiblemente asociado con nuestra cultura. La demagogia vertebra, una y otra vez, los argumentos de este Gobierno que niega los principios de aquel espíritu que posibilitaba un marco de pluralidad y de tolerancia, reconociendo, a los que libremente quisieran, una formación religiosa integral, en el contexto de una sana relación de cooperación entre el Estado y la Iglesia Católica.
Padres, alumnos, profesores y cristianos de buena voluntad nos vemos ante un duro reto en el curso presente, un tiempo decisivo, a tan solo un año de entrada en vigor de la LOE. Mas no debemos caer en el desánimo, es un tiempo de oportunidad para forjar nuestra identidad de cristianos. Nos lo advertía el propio Jesús de Nazaret: “Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero...” (Jn 15,18ss). El Evangelio supone un modo peculiar de leer la realidad desde la condición de víctimas. Los que hemos elegido el camino de Jesús sabemos que éste va inexorablemente unido al misterio de la cruz, el cual, más allá de una amenaza, se torna en nuestra fuerza. El humus del que estamos forjados se endurece y madura en los tiempos de persecución.
En efecto, antes de la cruz Jesús advirtió a sus discípulos en el Tabor. No fue aquella una experiencia de evasionismo cálido, anticipaba la victoria del hombre sobre la tiranía del mal. Aquella luz tabórica jalonaba una peculiar actitud ante la vida, la del Hijo del Hombre que se enfrenta a los tiranos con la sola fuerza del Amor. Ése ha de ser nuestro combustible. Tendremos que desarmar a los intransigentes, que ahora insisten en conducirnos al ostracismo escolar, con la única arma con la que durante más de 2000 años de historia hemos resistido a tantas hostilidades y dislates.
Nuestra espada, la única que debemos desenvainar es la del Apocalipsis, la que ha de salir de nuestra boca para acabar con la tiranía de la intransigencia. En otras palabras, nuestra fuerza no es otra que la de la palabra, la misma que exhala su aliento sobre la Creación, la misma que se hizo carne, la misma que traspasó el corazón de María a los pies de la cruz, la misma que fue capaz de reconciliar a tanta diversidad de lenguas en Pentecostés (verdadero fermento de una auténtica alianza de civilizaciones), la misma que hará posible que el logos de la vida ponga algo de sindéresis (sentido común) en esta historia.
Dejemos que esa palabra se decodifique en clave conciliadora y, con la fuerza de la luz tabórica, transfigure este caos en un horizonte nuevo. Que así sea.
Lisardo Santirso Vázquez, profesor de Religión del IES Astures
y miembro de