RELIGIÓN SÍ, RELIGIÓN NO

        Desde que el Gobierno anunció la paralización de la L.O.C.E. y la puesta en marcha de un cambio en la ley educativa, la discusión se ha centrado en un único tema: la religión en la escuela. Sorprende que se obvien verdaderos problemas de la educación en España como el bajo rendimiento académico de nuestro alumnado, el alto porcentaje de fracaso escolar, el absentismo, la dificultad para construir una escuela pública integradora y tolerante, el escaso presupuesto que se destina a la educación o la falta de interés por actualizar su formación de un importante porcentaje del profesorado. Parece que todo esto son problemas menores que no merecen demasiado tiempo; sin duda el PROBLEMA es la religión en la escuela pública, máxime ahora, en vísperas de conocerse el nuevo proyecto de ley educativa.

Existen argumentos de todo tipo para fundamentar la exclusión de la religión de la escuela pública. Algunos son insostenibles por insolidarios, como aquellos que defienden la salida de la religión confesional de la pública afirmando que los colegios religiosos pueden ofertarla para el que quiera, olvidando que en las zonas rurales la única oferta educativa es la pública. Otros no resisten la más mínima crítica porque están basados en tópicos o en situaciones de hace treinta años que, gracias a Dios, ya no se dan. Otros _ insisten en hacer desaparecer la religión de la escuela pública mientras matriculan a sus hijos en colegios religiosos o afirman en literarios artículos _ que lo religioso se debe limitar al ámbito privado, tan privado que asisten piadosamente a los servicios religiosos en su capilla privada. Después de todo aún hay clases. 

 

No merece la pena entrar en diálogo con ninguno de estos argumentos, puesto que detrás de ellos existen intereses particulares, traumas infantiles o cortedad de miras, en todo caso ninguno busca el bien común. Sin embargo, existen dos posturas contra la religión en el sistema educativo bien argumentadas y con las que resulta realmente interesante establecer un diálogo.

 

En primer lugar nos referimos a quienes aseguran que el problema es la presencia de la religión, sea confesional o no. Para ellos el ideal es la emancipación de todas las personas, y la persona creyente, por el mismo hecho de serlo, se encuentra en un estado de “minoría de edad” intelectual y moral por cuanto su visión de la realidad y sus actos “dependen” de su fe. Para ellos la religión debería salir de la escuela por entenderla perniciosa para un buen crecimiento humano.

 

Desde este posicionamiento “luchan” por la erradicación de la religión de cualquier espacio público, eso sí, respetando la libertad de conciencia, la igualdad y el respeto estricto a los creyentes..., siempre que no hagan expresión pública de su fe. Eso supone que reclamen la desaparición de la asignatura de religión de todo el sistema educativo. Algunos van aún más allá y proponen prohibir cualquier manifestación religiosa, desde las misas solemnes en las fiestas de los pueblos hasta las tradicionales procesiones.

 

Desde luego compartimos con ellos el convencimiento de que el ser humano está llamado a ser libre y autónomo; la diferencia está en que nosotros admitimos que, en el uso de su libertad, todos tenemos derecho a creer o no creer y, lo que es más, estamos convencidos de que este hecho no altera ni un ápice la capacidad intelectual o moral de las personas porque, aunque afecte a las motivaciones, sabemos apreciar los valores intelectuales y morales de cada individuo, creyente o no.

 

A pesar de que predican la libertad, la autonomía y la tolerancia, prohibir aquello que no está de acuerdo con nuestras ideas resulta, cuando menos, sospechoso y nos hace preguntarnos si también se pretende prohibir cualquier manifestación de increencia. Como la prohibición se limita a las manifestaciones religiosas entendemos que unos pocos quieren imponer su voluntad sobre el resto y esto no respeta la libertad de los individuos, ni su autonomía y, desde luego, es muy poco tolerante y nada democrático.

 

Para otras corrientes laicistas el principal problema es la presencia de la religión confesional en la escuela pública. Afirman que históricamente es innegable el papel de las creencias religiosas en la formación de la cultura y que, por tanto, no se puede comprender bien exenta de sus claves religiosas. Aceptan con tolerancia las distintas expresiones religiosas y entienden el hecho religioso como objeto de estudio para todo el alumnado.

 

 No obstante, entienden que la religión confesional debe estar fuera de la escuela y sus argumentos son muy variados. Unos sostienen que se obliga a la ciudadanía a expresar su creencia o increencia en el momento de optar por la religión o su alternativa, vulnerando así el derecho constitucional a no ser obligado a expresarse en este sentido. Otros demuestran escrúpulos al pensar que la permanencia en la escuela de la religión católica, mayoritaria en España, puede resultarle incómodo para el alumnado de otras confesiones, casi siempre refiriéndose a la población musulmana. Y muchos no saben cómo dar cabida a una realidad tan plural como la religiosa sin privilegiar a unos en detrimento de otros; así que deciden evitar el problema sacando la asignatura del currículo escolar... “muerto el perro, acabose la rabia”. Esta parece ser la postura del actual gobierno o, por lo menos, es lo que se desprende del documento Una educación de calidad para todos y entre todos. Propuestas para el debate.

 

Algunas de estas posturas están basadas en el desconocimiento de la realidad. Así se suele identificar alumnado de religión católica con familias católicas practicantes, y nada más lejos de la realidad porque, si vemos el perfil de este alumnado, podemos apreciar que la variedad es la pauta: encontramos indiferentes, católicos practicantes, ateos, agnósticos o pertenecientes a otras religiones. Todos tienen cabida en las clases sin sentir que nadie atente contra su libertad de conciencia, de expresión o de religión; el único punto en común es el interés por conocer los principios doctrinales y morales de la religión mayoritaria en nuestro país. Por no hacer referencia a las sentencias judiciales, la última del Tribunal Supremo, en las que se afirma que elegir religión o su alternativa no atenta contra ningún derecho constitucional.

 

El creciente aumento de emigrantes en España ha traído consigo una pluralidad cultural y religiosa que ya empieza a ser patente en nuestras escuelas. Sin embargo, afirmar que la presencia de la religión confesional puede resultar incómodo para los creyentes de otras confesiones es un error; de hecho para un musulmán es mucho más fácil comprender y aceptar a un cristiano que a un ateo. En todo caso, lo que está en juego es la convivencia respetuosa y la aceptación tolerante de lo diferente y, en este terreno, la escuela pública tiene la obligación de educar en estos valores si queremos un futuro en paz.

 

Es evidente que la solución no es fácil. Sabemos de la gran variedad de situaciones que se presentan y de la complicación para darles cabida en el sistema educativo, pero intentar evitar esta situación con el arrinconamiento de la enseñanza religiosa confesional nos parece una solución simplista que intenta ocultar el problema. A la larga, decisiones de este tipo pasan factura, porque la realidad es muy terca y las creencias religiosas están ahí y seguirán estando, por más que a algunos políticos les resulte incómodo.

 

Para nosotros la libertad de religión, garantizada por la Constitución, comprende tanto la libertad de poseer o no una religión (libertad de religión negativa) como la libre expresión de esta religión (libertad de religión positiva). Entendido así el derecho a la libertad religiosa, reivindicamos el carácter neutral del sistema educativo, que debe compatibilizar el conocimiento de creencias, actitudes y valores básicos de las distintas confesiones religiosas y corrientes laicistas. Desde estos presupuestos exigimos a nuestros políticos que establezcan cauces de diálogo entre las distintas posturas y un esfuerzo sincero por buscar soluciones que tengan como fin último el bien del alumnado y de la sociedad.

 

Los más de tres millones de ciudadanos que plasmamos nuestra firma solicitando una regulación digna para la asignatura de religión esperamos que este gobierno sepa zanjar este tema respetando la voluntad de todos. O lo que es lo mismo, les exigimos que cumplan honestamente con su trabajo.

 

Pilar Caunedo Álvarez