LAICISMO Y PSICOANÁLISIS
Ciertamente no se acaba de comprender el especial interés de algunos por los asuntos de la Iglesia. Así, lejos de la indiferencia que sería propia de quienes se afirman en la increencia, el momento actual que vive la Iglesia parece hacerles sentirse “aludidos” y forzados a buscar un argumento brillante desde el que “contrarrestar” (¿?).
Curioso por ejemplo el caso de algún que otro asiduo articulista de este periódico que, ante el reconocimiento social e internacional hacia la figura del fallecido Papa Juan Pablo II, recurre en su discurso a esa sorna tan asturiana que en su reiteración acaba manifestando cierto fastidio o resquemor por parte de quien no se siente partícipe de las razones y sentimientos de la mayoría.
Y es que a algunos no hay quien los entienda. Por un lado parece que no nos soportan, por otro, que no sabrían vivir sin su “sparring” favorito. Incluso no sólo confunden la laicidad deseada por todos con el laicismo excluyente, sino que se atreven a opinar sobre lo humano y lo divino, colándose no pocas veces en la casa de los cristianos para criticarnos sin saber y demandarnos una renovación de los muebles a su propio gusto y entender.
Pues bien, tratando de interpretar esta “contradicción interna”, y a modo de mero juego dialéctico, voy a permitirme apuntar algunas ideas de la mano de Sigmund Freud.
Bien pudiera ser, por ejemplo, que algunos manifiesten en el fondo ese comportamiento edípico tan propio de la tierna infancia, o de la misma adolescencia, en el que para reafirmar la propia identidad trata uno de “matar al padre”.
O también que haya quien se sienta tan sujeto a las experiencias negativas que puede haber vivido en su relación con la Iglesia, que el revivir una y otra vez ese pasado personal en la actualidad, le impida alcanzar la madurez del que acierta a reconocer que las cosas pueden ser de otra manera, pueden haber cambiado, que otros pueden haber tenido experiencias muy diferentes, o que simplemente, uno no es la medida de todas las cosas y no puede pasar de lo particular a lo general.
Quizás puede haber también en algunos una cierta “exaltación del ego”. Al fin y al cabo ellos han logrado emanciparse de la ingenua fe religiosa, lo que les hace sentirse dos palmos por encima de esos crédulos cristianos que aún permanecemos en la ignorancia y la inmadurez.
O cómo no, a veces se insinúan claros “mecanismos de proyección” de lo que en el fondo uno piensa y vive. Así por ejemplo, la elección del Papa, frente a la serenidad y confianza de quien lo vive desde los ojos de la fe, se reduce para algunos a un cúmulo de intrigas, poderes ocultos, maniobras vaticanistas y deseo de control por parte de facciones interesadas.
Con todo, lo peor es que todas estas cosas sólo conducen finalmente a fortalecer y alimentar los prejuicios, perdiendo el sentido de la verdadera tolerancia, la cual no se puede reducir simplemente a permitir que el distinto “exista” sino a dejar que se desarrolle libremente, a entablar diálogo sincero, e incluso, a tener la osadía de aprender entrando en sintonía con lo bueno que siempre hay en todo. Esto es al menos lo que hoy se enseña en las clases de Religión.
He de reconocer que cuando contemplo como algunos, los menos, pretenden imponernos la NOreligión a todos, los más, siempre me surge la misma pregunta: ¿por qué tanto miedo a la libertad?
Juancho García
Miembro de la Plataforma asturiana
“Religión en la escuela”