
CARTAS AL DIRECTOR
El libro de Nehemías constituye una bella plegaria en la que se relata la historia de Israel desde la perspectiva de la misericordia salvadora de Dios. Los hebreos, tras medio siglo de destierro, y bajo la nueva dominación de los persas, organizan la vuelta a la añorada tierra de Sión y con ello la reconstrucción de una vida profundamente arraigada en unas convicciones religiosas. Se acuerdan entonces de la gesta mosaica, muchos años atrás, y resuenan en sus corazones aquellas palabras del Éxodo: «Tú viste la aflicción de nuestros padres en Egipto y escuchaste su clamor junto al mar Rojo» (Neh 9,9; Ex 2,23-24). Imaginé, entonces, que con idéntica fuerza resonaba nuestro clamor, bajo una cúpula de nubes que cubría el cielo de Madrid.
profesor de Religión del IES Astures
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En los últimos años se ha hecho un
esfuerzo por utilizar y hacer utilizar un lenguaje políticamente correcto en
los medios de comunicación y en la escuela. Esto significa que se corrigen
expresiones sexistas, racistas, xenófobas u homófobas que pueden ser
ofensivas para personas concretas. Se trata, sin duda, de un gran avance que
debiera abarcar también el lenguaje denigrante hacia lo religioso puesto que
la libertad de religión queda garantizada como un derecho inalienable en
todo Estado democrático.
Sin embargo, en estos momentos, declararse públicamente creyente y dar
opiniones desde la fe parece políticamente incorrecto porque,
automáticamente, se cae bajo sospecha de ser intolerante, poco democrático o
de estar manipulado por fuerzas malignas para el individuo y para la
sociedad. Si un ciudadano se atreve a tal osadía tiene que estar preparado a
sufrir pacientemente las consecuencias, porque se convertirá en el centro de
la broma fácil, de la humillación pública o, en el peor de los casos, del
insulto. Todo ello en razón de sus creencias y sin que nadie repare en que
se están vulnerando derechos fundamentales. Todo parece indicar que la
utilización de un lenguaje ofensivo cuando se habla de creencias religiosas
es políticamente correcto.
Este mismo creyente tendrá que utilizar grandes dosis de paciencia y
tolerancia cuando se siente ante la televisión, escuche un programa de radio
o abra la prensa, porque verá, oirá y leerá, toda suerte de comentarios
degradantes, desprecios a su opción creyente e interpretaciones manipuladas
de sus opiniones. Hombre y mujer, ministro y barrendero tendrán que
acostumbrarse a vivir en silencio su opción de fe o deberán estar dispuestos
a sufrir los ataques de una minoría que, según parece, campea hoy en nuestro
país sembrando intolerancia.
Y todo ello con el silencio doloso de las autoridades políticas que,
temerosas de perder votos o deseosas de conseguirlos, permiten el atropello
de la libertad de religión interpretando el derecho constitucional de forma
restrictiva de tal manera que solo parece amparar a los no creyentes.