CARTAS AL DIRECTOR

«Si éstos callan, gritarán las piedras»

 

El libro de Nehemías constituye una bella plegaria en la que se relata la historia de Israel desde la perspectiva de la misericordia salvadora de Dios. Los hebreos, tras medio siglo de destierro, y bajo la nueva dominación de los persas, organizan la vuelta a la añorada tierra de Sión y con ello la reconstrucción de una vida profundamente arraigada en unas convicciones religiosas. Se acuerdan entonces de la gesta mosaica, muchos años atrás, y resuenan en sus corazones aquellas palabras del Éxodo: «Tú viste la aflicción de nuestros padres en Egipto y escuchaste su clamor junto al mar Rojo» (Neh 9,9; Ex 2,23-24). Imaginé, entonces, que con idéntica fuerza resonaba nuestro clamor, bajo una cúpula de nubes que cubría el cielo de Madrid.


Era el grito de un pueblo afligido, cansado de ver cómo el poder se niega una y otra vez a dialogar con tantas familias que tan sólo reclaman que se le reconozcan sus derechos, que no acepta planteamientos excluyentes de la educación. Que lee bajo las siglas de la LOE, como así rezaba una de nuestras pancartas, «Laicismo obligatorio excluyente». Una voz popular que exigía una educación, no sólo para laicistas resentidos, sino para todos, católicos y no católicos, ateos y creyentes.


Era un grito de libertad. En efecto, libertad de los padres a elegir una educación conforme a sus convicciones, que no consiente que le den gato por liebre, que no acepta que este Gobierno se empecine en esa actitud prepotente de imponer su peculiar visión ideológica, olvidándose de su obligada labor de constituirse en garante de los derechos constitucionales. En efecto, se saca de la chistera una «educación para la ciudadanía», que nadie quiere, y se opone a dignificar una asignatura ratificada constitucionalmente, reconocida en la Declaración de los Derechos Humanos y en los acuerdos internacionales contraídos por el propio Gobierno. Por cierto, y en contra de lo dicho por el señor Llamazares, los acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede se establecen un año después de la aprobación de nuestra actual Constitución; no son, como él presume, preconstitucionales. Lo que le ocurre al responsable de Izquierda Unida es que quiere llevarnos a todos a la Segunda República (1931), a un tiempo histórico claramente preconstitucional.


Era un grito que atestiguaba la dimensión pública de la fe de muchos cristianos. El cristianismo, en contra de lo que defienden tantos laicistas, no es para vivirlo solamente en el reducto de la privacidad. Hunde sus raíces en la experiencia del Éxodo, de un pueblo que se movilizó públicamente contra el poder opresor. Surgió a partir de un conflicto sociopolítico, ése fue el sustrato que le hizo nacer. Por eso mismo Jesús, ante las imprecaciones de los fariseos hipócritas que querían acallar a los discípulos en su entrada en Jerusalén, les dijo: «Si éstos callan, gritarán las piedras». Nosotros, los cristianos, no podemos callar, como tampoco callaron los mártires que, por confesar públicamente su fe, fueron injustamente torturados.


Fue un grito de civismo ciudadano. Ni un solo incidente, una multitud que sabía estar en la calle, una multitud policromática, de todas las regiones, de todas las edades, rebosando más alegría que resentimiento.


Fue el grito de una multitud autónoma y responsable que no se deja manipular. No estábamos teledirigidos por nadie, fuimos los colectivos laicos de la Iglesia los que de forma autónoma decidimos salir a la calle. En concreto, en Asturias, la asociación de padres Concapa, el sindicato USO, la Asociación de Profesores de Religión Aprece y la plataforma asturiana Religión en la Escuela, todos mayoritariamente laicos tomamos la iniciativa. Otros, seguramente acostumbrados a vivir bajo la disciplina de la cúpula política de su partido, no entienden la libertad con la que otros nos movemos.


Un grito de denuncia que cuestiona clamorosamente una LOE que no respeta el sentir de los ciudadanos, que margina los derechos de los padres y que se distancia aún más de ese anhelado consenso educativo. Una exhortación, en definitiva, al diálogo con los representantes de los padres, de los profesores, de los alumnos, y de la Iglesia y demás confesiones religiosas.


Un grito, en definitiva, de justicia y de solidaridad, un estruendo de vida que resonó desde Neptuno hasta Alcalá y que nos hizo vibrar a todos en una misma frecuencia. Durante más de cuatro horas ondeamos las banderas de nuestra Asturias, y con ellas sus cruces de victoria, sus alfas, sus omegas, toda una sinfonía de gestos que nos hizo recordar, aún más, nuestra razón de ser.



Lisardo Santirso Vázquez

profesor de Religión del IES Astures
Oviedo

 

 

 

 

 

 

 

OpinionCartas

Políticamente correcto

Pilar Caunedo Álvarez/(miembro de la Plataforma Asturiana Religión en la Escuela)

 
 

En los últimos años se ha hecho un esfuerzo por utilizar y hacer utilizar un lenguaje políticamente correcto en los medios de comunicación y en la escuela. Esto significa que se corrigen expresiones sexistas, racistas, xenófobas u homófobas que pueden ser ofensivas para personas concretas. Se trata, sin duda, de un gran avance que debiera abarcar también el lenguaje denigrante hacia lo religioso puesto que la libertad de religión queda garantizada como un derecho inalienable en todo Estado democrático.

Sin embargo, en estos momentos, declararse públicamente creyente y dar opiniones desde la fe parece políticamente incorrecto porque, automáticamente, se cae bajo sospecha de ser intolerante, poco democrático o de estar manipulado por fuerzas malignas para el individuo y para la sociedad. Si un ciudadano se atreve a tal osadía tiene que estar preparado a sufrir pacientemente las consecuencias, porque se convertirá en el centro de la broma fácil, de la humillación pública o, en el peor de los casos, del insulto. Todo ello en razón de sus creencias y sin que nadie repare en que se están vulnerando derechos fundamentales. Todo parece indicar que la utilización de un lenguaje ofensivo cuando se habla de creencias religiosas es políticamente correcto.

Este mismo creyente tendrá que utilizar grandes dosis de paciencia y tolerancia cuando se siente ante la televisión, escuche un programa de radio o abra la prensa, porque verá, oirá y leerá, toda suerte de comentarios degradantes, desprecios a su opción creyente e interpretaciones manipuladas de sus opiniones. Hombre y mujer, ministro y barrendero tendrán que acostumbrarse a vivir en silencio su opción de fe o deberán estar dispuestos a sufrir los ataques de una minoría que, según parece, campea hoy en nuestro país sembrando intolerancia.

Y todo ello con el silencio doloso de las autoridades políticas que, temerosas de perder votos o deseosas de conseguirlos, permiten el atropello de la libertad de religión interpretando el derecho constitucional de forma restrictiva de tal manera que solo parece amparar a los no creyentes.