Lo que no gusta de la Religión

 

Einstein decía que la escuela debía tener como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armoniosa, y no como un especialista. La verdadera y buena educación refiere a esa idea de interioridad, al descubrimiento del ser más íntimo, frente a esa otra concepción del hombre exterior, que vive de los sentidos, abocado a la superficialidad y la dispersión.

 

La enseñanza que los profesores de Religión católica alentamos, tan injustamente cuestionada desde la LOE, no se impone acríticamente al educando. Insta al alumno a iniciarse, libremente, en la peregrinación hacia lo más profundo de sí mismo. Un viaje hacia la autenticidad, hacia el descubrimiento de esa originalidad concreta que le constituye en único e irrepetible. Tiene la obligación de encontrase a sí mismo, pues sólo él puede, y debe, confrontarse con la tarea de ser él mismo. Esa ha de ser su gran pasión, su gran verdad, sin la cual corre el riesgo de depauperarse por inanición.

 

La Religión no crea sujetos para el sistema, no confecciona personalidades tecnocráticas, más bien promueve el discernimiento, animando al alumno a dialogar con todo lo que le rodea. Por eso aborda todas las dimensiones de lo humano. En efecto, le anima a saber discernir la soledad necesaria para ese encuentro consigo mismo, y al tiempo le impele a asumir la vida con los demás. Ni busca personalidades solitarias, ni caracteres gregarios, invita al necesario equilibrio entre intimidad y socialidad, entre soledad y comunión. Por eso no intenta construir talantes activistas, dominados por la filosofía del hacer por hacer, pero tampoco persigue solitarios patológicos. Orienta a ese necesario equilibrio entre el existir para mí mismo y el existir para los demás. Desde esta perspectiva no puede entenderse la infundada crítica laicista de que la Religión tenga que circunscribirse al ámbito exclusivo de lo privado. Lo privado y lo público, son ámbitos complementarios donde se expansiona el hecho religioso.

 

En segundo lugar, conscientes de que la persona es una realidad histórica, la Religión le anima a vivir el presente sin evadirse de los episodios pasados (es sabido que lo que se reprime emerge de modo patológico). Pero al mismo tiempo le proyecta hacia un horizonte utópico que tira de él hacia lo nuevo (el presente, sin referentes ulteriores, desemboca en un presentismo estéril). La memoria y la utopía se articulan dialécticamente en el continuo quehacer de la enseñanza de la Religión. Re-vivir lo pasado desde la pasión de des-vivirse por el futuro, constituye un misterio temporal que mueve el corazón del hombre. El laicismo, empero, desea cuestionarlo. ¿Será, acaso, por asentarse sobre un nihilismo cíclico, cerrado sobre sí mismo y, por ende, desecado por carecer de origen y destino?

 

Por otro lado, la Religión atiende también a esa dualidad dialéctica que constituye otro de los misterios del vivir. Ni todo es puro azar, ni todo está previamente determinado. Aprovechar las oportunidades que nos regala la vida, para determinarnos a nosotros mismos. Somos libres al tiempo que estamos situados. Determinación y libre albedrío se complementan pues sólo puedo ser libre en la medida que soy capaz de autodeterminarme. Discernir con sabiduría lo que he de cambiar y aceptar de mí mismo, constituye otro de los retos de nuestra asignatura, tan necesario para la consecución de una personalidad libre, pero con los pies en la tierra. El enfoque de la libertad del laicismo, por el contrario, niega que en la enseñanza quepa un pensamiento distinto al suyo. Actitud, del todo, intransigente y excluyente de la educación.

 

Para acabar me gustaría referirme a otro binomio, a ese tensor que polariza lo humano entre lo finito y lo infinito. Las situaciones límites como el dolor, la enfermedad o la muerte, ponen al descubierto nuestra vulnerabilidad. Situaciones que toda persona tiene que vivir, afrontar y verbalizar. Pero no se detiene ahí, pues lleva dentro de sí una apertura radical hacia la infinitud. Su anhelo de plenitud le lleva a buscar ese plus que confiera sentido y redimensione toda su existencia. Su vocación de querer saber siempre algo más, su convicción de que el amor ha de jalonar el último suspiro o la necesidad de encontrar ese descanso eterno, constituyen algunas de esas claves de lo imperecedero. Vivencias que a veces creemos encontrar en la inspiración artística, en la fascinación que experimenta un científico cabal (ya se sabe en qué deriva la ciencia sin conciencia), en la entrega amorosa o en el éxtasis místico... La Religión proporciona claves de lectura para abordar este apasionante debate. No se entiende por qué otros enfoques de lo humano insisten en negar a esta disciplina el derecho de proponer el suyo dentro de la Escuela. Tal es su talante

 

Así las cosas, la Religión anima al alumno a pensar por sí mismo, a ser autocrítico y crítico con su mundo, a buscar incansablemente la verdad, a encontrar el verdadero sentido de las cosas para no ahogarse en las sombras de su propia finitud... Estoy seguro de que es ésta la verdadera razón por la cual la Religión no encaja en los planes de esta nueva ley educativa, ni de este laicismo que parece tener muy poco de laico (término que deriva del griego laos –pueblo-), como demuestra el desprecio a ese clamor popular de 3.200.000 firmas a favor de la Religión.

 

 

 

     Lisardo Santirso Vázquez, profesor del IES Astures y miembro de la plataforma “Religión en la escuela”