Uno de los relatos que más me gusta utilizar en clase
con mis alumnos es el de «La mariposa y la Luna», una ocurrencia personal
creada a partir de otros relatos que he decidido componer del modo siguiente:
Se trata de la historia de una mariposa de la luz que se resistía a hacer lo
propio de sus congéneres. Ella había sido instruida para lograr objetivos
luminosos fáciles, por eso, al igual que cada una de sus compañeras, intentaba
alcanzar la luz de una bombilla, o la de un letrero luminoso o la de una
farola... Pero ella había tenido siempre la intuición de que todas estas luces
no eran más que una representación artificial de la luz, su corazón había
estado siempre en otra luz más excelsa que le hacía vibrar y sentir de un modo
diferente, la luz de la Luna. Movida por su entusiasmo intentó animar a sus
compañeras para compartir ese noble empeño, consiguiendo instruir a un pequeño
grupo. Mientras las mariposas escépticas, dominadas por la pasión de lo fácil,
de lo pragmático, de lo útil, se iban paulatinamente quemando con el calor de
las bombillas, ella y su grupo conseguían poco a poco volar cada vez más alto.
Con el tiempo se fueron dando cuenta de que la Luna portaba una luz distinta,
que la Luna reflejaba una luz grande que, a su vez, procedía de otro sitio, de
otro astro más potente. Comprendieron que la Luna estaba llena de
imperfecciones, de grietas y de manchas, mas era el único referente de sentido
para llegar a comprender algo de esa fuente lumínica que las mantenía vivas y
que constituía la razón de su vida.
El relato sirve para diferenciar dos actitudes. Por un
lado, la de aquellos que se instalan en una visión de la educación plana y que
han resuelto llamar «educación para la ciudadanía», seguramente para defender
una visión axiológica provisional, probablemente estatalista, con fecha de
caducidad, como las bombillas, donde podrían acabar quemándose los corazones
de tantos jóvenes. Y, por otro, la de quienes seguimos apostando por la
Religión, la asignatura que anhela valores más altos, no sujetos a las
fluctuaciones del devenir, pues cuestiones como la vida, el amor, la libertad,
la esperanza siempre serán para nosotros un asunto inalienable, no sujetas al
precio que ponga «la mayoría de turno» o a la visión de un Estado que pretende
erigirse en «señor» de todos.
Yo personalmente confío más en nuestra Iglesia, que no
es propietaria de esa luz que nos vivifica, pero que nos muestra, a modo de
pálido reflejo, la única utopía que no está sujeta a las leyes de lo
perecedero. Prefiero confiar en esa Iglesia que, como la Luna, está llena de
manchas y de arrugas, pero que a través de ella percibo los destellos de la
autenticidad. Prefiero la plenitud que anticipa la Iglesia a la «planitud» en
la que nos quieren instalar los ideólogos del relativismo y la finitud.
Yo sigo apelando a la sensatez de educar en la
perspectiva de ese profundo anhelo humano que es el de la infinitud, pues la
religión es eso: sentido de lo infinito y gusto por él. Para eso existe la
religión, para integrar al hombre en la totalidad de su ser. Ésa creo que ha
de ser nuestra tarea, la de los educadores y los profesores cristianos, la de
servir con humilde denuedo a enseñar el camino capaz de llevarnos al Sol de la
mano de la Luna, para comprender que el propio Dios se hizo finito a fin de
quebrar nuestra finitud. Frente a ello, tendremos que prepararnos contra la «opa»
hostil del «éxtasis de farolas y bombillas» que se nos viene encima.
Lisardo Santirso Vázquez,
profesor de Religión y miembro de la plataforma
Religión en la Escuela