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Un
nuevo producto del laicismo nos acaba de sorprender al socaire de la
festividad de la Constitución, esta vez desde el minarete del PSOE. Un
sorprendente panfleto para legitimar, en suma, un producto «transgénico»
(por lo poco natural y portador de tanta desconfianza) llamado
«educación para la ciudadanía».
Los pregoneros de este manifiesto parecen erigir la causa de la sana
laicidad frente a la amenaza de los fundamentalismos monoteístas o
religiosos que siembran fronteras entre la ciudadanía. Defienden, en
suma, un modelo de laicidad como garante de la convivencia entre
culturas y religiones. Sacralizan el principio de laicidad apoyándose en
la Constitución, cuando en realidad confunden laicidad con «laicismo
excluyente» y silencian de modo flagrante aquellos asertos
constitucionales sobre el reconocimiento del derecho que asiste a los
padres a una enseñanza conforme a sus convicciones religiosas y morales
(artículo 27.2), al tiempo que ignoran el derecho de libertad religiosa
que consagra el artículo 16.3. Así las cosas, tras este cúmulo de
despropósitos se descubre cómo el texto adolece de aquello de lo que
justamente pretende denunciar.
Como todo buen fundamentalismo, resulta obvio que se siente portador de
una verdad absoluta y de una solución única a todos los problemas. La
intolerancia que de él se deriva se traduce en desprecio a lo cristiano
que debe ser expurgado de la esfera de lo público, pues podría
constituirse en grave amenaza contra la ortodoxia de esta doctrina
laicizante, la única válida -según éste- y la única que se debe imponer
a todos.
El fundamentalismo mira hacia atrás más que hacia el futuro, intenta
volver a una solución preconstitucional (el laicismo ya superado de la
II República), pues añora la «idealidad» perdida e intenta resucitar los
muertos de una guerra cruenta que algunos creíamos ya superada. En
definitiva, piensa más en la Constitución de 1931 que en la de 1978.
Este fundamentalismo laicista concluye en la demonización de su mayor
enemigo: el cristianismo. No parece ser consciente de la realidad de
estos tiempos donde los fundamentalismos políticos han favorecido el
resurgimiento de otros de signo religioso. Véase como muestra lo
acontecido con las culturas étnicas de la antigua Unión Soviética que
han reaparecido con maneras extremadamente violentas, como en la ex
Yugoslavia o Chechenia, al socaire de un desenfoque religioso
legitimador de aquellas minorías reprimidas.
El fundamentalismo laicista siempre adopta un tono intransigente, no
concibe la coexistencia en el ámbito de lo público (y en concreto de la
enseñanza) de otros sistemas éticos que no sean el suyo, pues en el
fondo tienen miedo, se sienten inseguros de su verdad y temen
confrontarse abiertamente con otros puntos de vista.
Pero mucho peor es cuando esta ideología excluyente se sirve de un
amplio espectro mediático para manipular la verdad de las cosas, negando
el trasfondo cristiano irrefutable de nuestra historia y de nuestra
cultura. Intentan desecar todo el sustrato antropológico y ético sobre
el que se asienta nuestra tradición. Peor aún, intentan hacernos creer
que todo ese potencial de sabiduría y belleza constituye la fuente de
todos los males.
Esto parece ser una de las cruces que desde siempre tenemos que soportar
los cristianos. Ya en el siglo II, un hermoso documento conocido como
«la carta a Diogneto» cuenta cómo los cristianos tenían que soportar los
desdenes de un estado anticristiano. Despedimos esta reflexión con un
extracto de dicha carta: «(los cristianos) cumplen con todas sus
obligaciones cívicas y soportan todas las cargas como extranjeros (?).
Comparten todos la misma mesa, pero no la misma cama (?). Pasan su vida
en la tierra pero son ciudadanos del cielo. Aman a los hombres y todos
les persiguen. Se les desprecia y se les condena; se les mata y de este
modo ellos consiguen la vida. Son pobres y enriquecen a un gran número
(?). Se les insulta y ellos bendicen?».
Frente a este laicismo fundamentalista e intolerante los cristianos
tenemos que seguir actuando con el espíritu que exhala esta bellísima
carta. Seguiremos confiando, como a lo largo de estos dos mil años de
historia, en que el Espíritu Creador, que inhabita al hombre, siga
actuando discretamente entre tanto ruido fundamentalista. Ya se sabe que
«hace más ruido un árbol cuando cae que un bosque cuando crece».
Lisardo Santirso Vázquez,
profesor de Religión y miembro de la Plataforma Religión en la
Escuela
Oviedo |