Hay ocasiones en las que la mejor forma de defender las propias ideas es,
curiosamente, la de dar a conocer la forma de pensar y de actuar del
contrario, pues en ello queda expresamente reflejada su verdadera realidad.
A ello nos tienen acostumbrados hoy los acérrimos partidarios de un laicismo
intolerante y excluyente, cuya incapacidad para asumir la democrática
aconfesionalidad del Estado y su pretensión de imponer a todos sus
particulares convicciones, da lugar a algunas «ocurrencias» que les dejan
abiertamente en entredicho. Sirva de ejemplo la campaña del curso pasado en
la que se les llegó a llamar «católicos de mierda» a unos alumnos de
Religión, la propuesta de Suatea de quitar la Navidad del calendario festivo
y sustituirla por la celebración del día del nacimiento de Juan Ramón
Jiménez, el veto a que se puedan cantar villancicos en todo un centro
educativo de Avilés para no herir «sensibilidades», o sin más, el icono que
la página web de la Federación de Enseñanza de CC OO de Asturias utiliza
para defender su particular cruzada anti-clase de Religión y en la que un
cura de aspecto cavernícola y decimonónico «escorre a unos rapacinos».
Pues bien, la campaña que este año promueve la Plataforma Laica de Gijón
resulta especialmente significativa y grave, por cuanto miembros de esta
entidad se dedican a entregar a los alumnos unos panfletos en los que se
denigra a la asignatura de Religión, a los que asisten a sus clases y a sus
mismos profesores, y se promueve la no elección de esta materia por parte de
los escolares.
Más allá de la denuncia legal que tal actuación pueda merecer, tanto en el
fondo -se atenta gravemente contra el honor de honrados ciudadanos- como en
la forma, se involucra en ello a menores de edad, lo cierto es que estos
hechos dan pie a extraer algunas conclusiones esclarecedoras.
En primer lugar, resulta paradigmático el nulo talante democrático de
quienes siendo incapaces de aceptar que ocho de cada diez padres optan
libremente porque sus hijos cursen Religión, pretenden desde su atalaya de
la clarividencia sacarnos a todos de ese craso error. Ya saben, «todo por el
pueblo», pero sin el pueblo.
No resulta menos evidente la diferencia entre quienes abogamos por la
libertad de elegir la formación religiosa y moral de nuestros hijos, tal y
como expresamente recoge nuestra Constitución, frente a quienes pretenden
imponernos a todos la No-Religión y muestran la escasa consistencia de unos
argumentos que no van más allá del tópico trasnochado y el panfleto.
Por lo demás, es hora ya de denunciar a estas personas y grupúsculos que
ante su escasa representatividad social pueblan distintas plataformas de
rimbombante nombre en las que se dejan acompañar por entidades sindicales de
mayor peso que les sirven para amplificar una voz que de otra forma no
tendrían.
Sindicatos como CC OO deberían ser más conscientes del descrédito
democrático que actuaciones como la denunciada les conlleva.
Asimismo, también es necesario que quienes creemos y trabajamos ciertamente
por una digna enseñanza pública, sepamos poner en su sitio a quienes
pretendiendo abanderar su defensa, la desprestigian de hecho con su forma de
pensar y actuar; y es que no hacen otra cosa que espantar a los padres que
sólo desean una buena y completa educación para sus hijos, al convertir a la
escuela en ámbito de batallas ideológicas. Cuándo aprenderán que a la hora
de elegir la educación de nuestros hijos no nos guiamos por panfletos, sino
por la confianza que ponemos en la formación que recibirán.
Pues no, contra todo sentido común, el llamado Movimiento Social por la
Escuela Pública se dedica por ejemplo hoy a promover una campaña en contra
de que se marque la casilla de asignación para la Iglesia en el IRPF. Ya ven
qué cosas y cuán grande es su preocupación educativa.
En fin, que ya somos muchos los que como ciudadanos estamos hartos de tanto
engaño y los que como cristianos no estamos dispuestos a tolerar que se nos
siga insultando y persiguiendo ideológicamente, atentando una y otra vez
contra un principio tan básico para la convivencia como es el del derecho a
la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión. Ya está bien
hombre, ya está bien.