Campaña contra la Religión

 
Juan José García Fernández (de la Coordinadora Plataforma Asturiana Religión en la Escuela y 14 firmas más)
 
Hay ocasiones en las que la mejor forma de defender las propias ideas es, curiosamente, la de dar a conocer la forma de pensar y de actuar del contrario, pues en ello queda expresamente reflejada su verdadera realidad.

A ello nos tienen acostumbrados hoy los acérrimos partidarios de un laicismo intolerante y excluyente, cuya incapacidad para asumir la democrática aconfesionalidad del Estado y su pretensión de imponer a todos sus particulares convicciones, da lugar a algunas «ocurrencias» que les dejan abiertamente en entredicho. Sirva de ejemplo la campaña del curso pasado en la que se les llegó a llamar «católicos de mierda» a unos alumnos de Religión, la propuesta de Suatea de quitar la Navidad del calendario festivo y sustituirla por la celebración del día del nacimiento de Juan Ramón Jiménez, el veto a que se puedan cantar villancicos en todo un centro educativo de Avilés para no herir «sensibilidades», o sin más, el icono que la página web de la Federación de Enseñanza de CC OO de Asturias utiliza para defender su particular cruzada anti-clase de Religión y en la que un cura de aspecto cavernícola y decimonónico «escorre a unos rapacinos».

Pues bien, la campaña que este año promueve la Plataforma Laica de Gijón resulta especialmente significativa y grave, por cuanto miembros de esta entidad se dedican a entregar a los alumnos unos panfletos en los que se denigra a la asignatura de Religión, a los que asisten a sus clases y a sus mismos profesores, y se promueve la no elección de esta materia por parte de los escolares.

Más allá de la denuncia legal que tal actuación pueda merecer, tanto en el fondo -se atenta gravemente contra el honor de honrados ciudadanos- como en la forma, se involucra en ello a menores de edad, lo cierto es que estos hechos dan pie a extraer algunas conclusiones esclarecedoras.

En primer lugar, resulta paradigmático el nulo talante democrático de quienes siendo incapaces de aceptar que ocho de cada diez padres optan libremente porque sus hijos cursen Religión, pretenden desde su atalaya de la clarividencia sacarnos a todos de ese craso error. Ya saben, «todo por el pueblo», pero sin el pueblo.

No resulta menos evidente la diferencia entre quienes abogamos por la libertad de elegir la formación religiosa y moral de nuestros hijos, tal y como expresamente recoge nuestra Constitución, frente a quienes pretenden imponernos a todos la No-Religión y muestran la escasa consistencia de unos argumentos que no van más allá del tópico trasnochado y el panfleto.

Por lo demás, es hora ya de denunciar a estas personas y grupúsculos que ante su escasa representatividad social pueblan distintas plataformas de rimbombante nombre en las que se dejan acompañar por entidades sindicales de mayor peso que les sirven para amplificar una voz que de otra forma no tendrían.

Sindicatos como CC OO deberían ser más conscientes del descrédito democrático que actuaciones como la denunciada les conlleva.

Asimismo, también es necesario que quienes creemos y trabajamos ciertamente por una digna enseñanza pública, sepamos poner en su sitio a quienes pretendiendo abanderar su defensa, la desprestigian de hecho con su forma de pensar y actuar; y es que no hacen otra cosa que espantar a los padres que sólo desean una buena y completa educación para sus hijos, al convertir a la escuela en ámbito de batallas ideológicas. Cuándo aprenderán que a la hora de elegir la educación de nuestros hijos no nos guiamos por panfletos, sino por la confianza que ponemos en la formación que recibirán.

Pues no, contra todo sentido común, el llamado Movimiento Social por la Escuela Pública se dedica por ejemplo hoy a promover una campaña en contra de que se marque la casilla de asignación para la Iglesia en el IRPF. Ya ven qué cosas y cuán grande es su preocupación educativa.

En fin, que ya somos muchos los que como ciudadanos estamos hartos de tanto engaño y los que como cristianos no estamos dispuestos a tolerar que se nos siga insultando y persiguiendo ideológicamente, atentando una y otra vez contra un principio tan básico para la convivencia como es el del derecho a la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión. Ya está bien hombre, ya está bien.